Curiosidad en la era de la IA: cómo mantener viva la capacidad de asombro

Empezar un año nuevo suele venir acompañado de propósitos visibles: aprender algo nuevo, cambiar hábitos, mejorar resultados. Pero hay un propósito más silencioso —y quizá más decisivo— que rara vez se formula explícitamente: no perder la capacidad de asombro.

La curiosidad como rasgo profundamente humano

Desde la psicología de la personalidad, la curiosidad forma parte de la apertura a la experiencia, uno de los grandes factores del modelo OCEAN. Implica interés genuino por lo nuevo, disfrute intelectual, imaginación activa y disposición a cuestionar lo establecido.

Nuestra evidencia empírica —recogida en contextos educativos, profesionales y de orientación— muestra algo consistente: las personas con mayores niveles de curiosidad no solo aprenden mejor, sino que se adaptan mejor al cambio, toleran mejor la incertidumbre y desarrollan trayectorias vitales más flexibles.

El riesgo invisible de la era de la IA: respuestas sin preguntas

La IA generativa ha democratizado el acceso al conocimiento. Pero también introduce un riesgo sutil: la externalización del pensamiento exploratorio.

Cuando todo parece estar al alcance de un prompt, la tentación es dejar de preguntar para empezar solo a consumir respuestas. El problema no es la tecnología, sino el uso pasivo de ella.

La curiosidad no muere por falta de información; muere cuando dejamos de formular preguntas propias.

Asombro ≠ ingenuidad

Mantener viva la capacidad de asombro no significa idealizar la tecnología ni adoptar una mirada naïf. Al contrario: implica una curiosidad crítica, capaz de preguntarse:

  • ¿Por qué esta respuesta es así y no de otra manera?
  • ¿Qué queda fuera del marco del algoritmo?
  • ¿Qué sesgos, supuestos o valores están implícitos?

Desde Human AI observamos que los perfiles con mayor curiosidad intelectual tienden también a mostrar mejor pensamiento crítico, precisamente porque no aceptan la primera respuesta como definitiva.

La curiosidad se entrena (sí, también en adultos)

Otro hallazgo clave de nuestra investigación es que la curiosidad no es un rasgo fijo. Aunque exista una predisposición inicial, el entorno, la educación y la práctica deliberada la potencian o la apagan.

Algunas prácticas sencillas —pero poderosas— para este inicio de año:

  • Cambiar el tipo de preguntas: menos “¿cómo lo hago más rápido?” y más “¿qué pasaría si…?”
  • Exponerse a lo no inmediato: lecturas largas, conversaciones profundas, disciplinas ajenas.
  • Usar la IA como espejo, no como muleta: pedirle alternativas, contraargumentos, límites.
  • Recuperar el derecho a no saber sin ansiedad por resolverlo todo al instante.

Educar y liderar desde el asombro

En educación, la curiosidad está directamente relacionada con mejores resultados académicos y mayor motivación intrínseca. En el mundo profesional, se vincula con innovación, aprendizaje continuo y empleabilidad futura.

Los líderes y docentes que cultivan su propia curiosidad generan entornos donde preguntar no penaliza y donde el error se interpreta como parte del proceso exploratorio, no como fallo.

Empezar el año con una pregunta abierta

Quizá el mejor propósito para comenzar este año no sea una respuesta clara, sino una pregunta bien formulada.

Hoy, la inteligencia artificial avanza a gran velocidad, pero la capacidad de asombro sigue siendo radicalmente humana.

Porque mientras las máquinas optimizan respuestas, las personas seguimos siendo insustituibles en el arte de preguntar.